Después del viaje, cada uno tomó un taxi y regresó a su propio mundo. La despedida fue breve. Sin escenas de película. Pero mientras avanzaba hacia casa, no pude evitar preguntarme qué habría pasado si las cosas hubieran sido distintas. ¿Qué habría ocurrido si el vuelo no se hubiera cancelado? ¿Qué habría pasado si nos hubiéramos quedado juntos en aquel departamento alquilado? La pregunta me acompañó durante días. Aparecía mientras trabajaba, mientras tomaba un café, mientras intentaba convencerme de que todo aquello no tenía importancia. Pero la tenía. Porque por primera vez en mucho tiempo no me encontraba pensando en alguien como un ser extraño, sino a alguien quien ya conocía. Y eso era diferente, muy diferente... había un gusto, una atracción, la cita a ciegas pasó a ser algo real. Finalmente decidí escribirle. No para alimentar una ilusión. Necesitaba saber si aquello que había sentido existía también para él. Le envié un mensaje. Le conté que la semana siguiente volverí...
El viaje se acercaba… Habíamos decidido quedarnos en un hotel un día antes. Esa noche había quedado con Nestor en encontrarnos por primera vez. No lo conocía realmente no del todo lo que generaba en mí una inquietante curiosidad Esa noche me cambié con prisa. Pedí un taxi y salí. Durante el trayecto, el nerviosismo se filtraba; una mirada disimulada al espejo retrovisor, la mano acomodando el cabello, los labios apenas presionados, como queriendo confirmar que todo estaba en su lugar… o tal vez, que yo lo estaba. El taxi se detuvo. Bajé. No lo vi. Le escribí: —¿Dónde estás? La respuesta llegó casi de inmediato: —Voltea. Y ahí estaba. No hubo tiempo para anticipar nada. Nos saludamos con un beso en la mejilla, breve, pero cargado de una cercanía inesperada. Antes de que pudiera organizar mis pensamientos, me tomó suavemente del brazo. —Vamos a caminar —dijo. Y lo seguí. Descendimos por unas escaleras, los faroles dibujaban las sombras del gentío que caminaba. Llegam...