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SE CUIDARME SOLA

Tenía cuatro años y aprendí a cuidarme sola. Todos en casa se iban a sus actividades y como no había niñera ni nadie quien me cuidara, me dejaban sola a mi suerte. Sabía perfectamente que no debía meter los dedos en el interruptor por más curiosidad que tuviese, no lo hacia.
A los diez años, ya tenía llave de la casa, mi independencia fue gobernándose desde temprana edad. Me iba al colegio sola y me regresaba sola, sabía perfectamente como cruzar y por donde ir, vivía sin temores a que me rapten.
A los doce años, agarraba mi bicicleta y me iba paseando por los lugares más osados de la ciudad, en pleno tráfico iba ganando cancha, o me paseaba toda la panamericana, siempre mirando hacia atrás si algún imprudente no se da cuenta de mí. Iba sonriendo, disfrutando sin temor a que me atropellen o me roben.
A los catorce años, me robaba a escondidas el carro de mi papá, mis primos fueron mis cómplices de ésta osadía. El carro se iba repleto, felices, apuraditos para iniciar marcha y saludar a quien se nos crucé. Daba vueltas sin temor a chocar u ocasionar algún accidente. Mi papá salía a buscarme en cuanto alguien le pasaba la voz de la ausencia de su auto o cuando el sólo se percataba de que ya no estaba. Me resondraba como todo padre preocupado pero más por su carro que por mí, diciendome: "y si atropellas a un niño..." y yo respondía con soltura: Yo ya sé por donde ir, yo ya sé cuidarme...
A los Quince años, en los innumerables quinceañeros, yo por raciocinio sabía perfectamente que no debía aceptar trago de un ajeno. Mi mamá era la más angustiada en cada fiesta que me invitaban; no aceptes nada, no tomes nada, mejor no vayas... eran sus palabras, de todas formas iba pero es que ya lo sé de memoria, no aceptar bebida de un extraño.
A los dieciocho años, muy intrépida agarré un bus rumbo a Lima, sin decirle nada a nadie. Fui exclusivamente para hacer algunas compras de momento, sabía adonde bajarme, que carro tomar y adonde ir, al regresar a casa victoriosa ese mismo día, mi mamá no lo podía creer.
A los diecinueve años, empezaron mis distracciones con conocer gente vía chat, y así llegaron muchos nuevos amigos a mí, antes de que llegáramos a ser buenos amigos. Nos presentábamos personalmente, acordamos fecha y hora, todo era bonito, risas, conversaciones. Mis amigas me decían: "Que miedo, tu no tienes miedo ¿no?, y si es un acosador sexual". Sonreía y les respondía: "No hay de que temer, yo sé con quién ando y adonde voy", - intuición-.
A los veinte años, organizaba viajes a la playa con anticipación, mi mamá la primera que soltaba su voz de alerta durante la semana, soltaba el mal, en vez de desear buen viaje trataba de asustar. Llegó el día esperado, ¡me voy!, cuidado con las olas, no te metas muy al fondo, puede ver erizos, etc. Me opongo a que vayas, hay mucho sol, ponte sombrero, echate bloqueador, mejor dile a tus amigos que te quedas. Volteaba los ojos y respondía: Se cuidarme, no te preocupes, me voy, ya me fui.
A los veintiuno años, me volví una experta en la cocina y la limpieza de la casa. Hacía y deshacía a mi antojo, cocinaba lo que me gustaba. Invitaba a algunas amigas a almorzar. Compraba cerveza negra o una botella de vino, íbamos comiendo y tomando, nunca me preocupe el que dirán en casa. Mi mamá veía las botellas y automaticamente se le formaba un signo de interrogación, ¿has tomado?, asentaba con la mirada, así es, no tiene nada de malo además es bueno para el organismo una vez a la semana no hace daño, se cuidarme.
A los veinte y tres años. en mis viajes con mi papá, por motivo de su trabajo me dejaba sola en el hotel, ¿me acompañas?, me esperas, te llamo. Me cambiaba y me iba a inspeccionar las calles día y noche, sin temor a que me perdiera ni me robaran. Me llamaba, ¿adónde estás?, espérame para cenar que ya llego le respondía, ahora era él, el que tenia que esperarme.
A los veinticinco años, me compré un boleto para el concierto de A. Sanz. No había nadie quien me acompañara, decidí ir sola. Era la primera vez que me iba a un concierto sola. Agarré un taxi ya de noche dirigite a tal lugar. Al terminar, ya de media noche me baje en un paradero, tome un taxi,  el taxista me hacia preguntas, ¿doblo a la derecha?, ¿voy por acá?, alzaba la mirada para ver por donde iba y extrañadamente le decía: si, por acá. Llegué a casa, sana y salva.
Actualmente me desplazo sola, hago mis cosas sola y a solas en algunas ocasiones. Aunque ella me diga ya es muy tarde, no salgas o estas mal, o toma esto o el otro, para después darle la razón. Ella y sus palabras siempre están presente en mis andares, mi mamá. 
¡Pero es que se cuidarme sola¡


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