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CHICLE DE TI



Me cambiaron de colegio, en aquel entonces, pasaría a segundo año de secundaria. Que cosas tiene la vida y por esas cosas del destino. Conocí a Patricia, la asistente de la directora quien en un pasado fue una antigua enamorada de mi papá (en aquella época juvenil), o sea la ex. Desde acá comienza la historia; un romance y una obsesión a ella. 
Llegó el mes de marzo. Inicio de clases, mis primeras clases en un colegio distinto al que estudiaba antes. Un colegio de otro nivel social y educativo. Nada comparable a mi antiguo y primer colegio.
Patricia me dio la bienvenida, tuvo la amabilidad de buscarme al salón de clases para presentarse y decirme que es una vieja amiga de mi papá, (en esa época era inocente y hasta quizás práctica), lo tomé como un que bien, un no me digas y un sospecho de ti.
Días antes mi papá me comentó que se había llevado la sorpresa de su vida. Su amiga de antaño trabajaba ahí, así que cualquier problema o inconveniente que tuviera se lo dijera a ella.
¿cómo llegué a estudiar en ese colegio?, pues por mi vecina, quien me llevaba dos años mayor que yo, y la mamá de ésta. Ambas nos convencieron a mi papá y a mí para que estudiara allí. Y así fue como llegué a estudiar en aquel colegio que duró un corto año.
Patricia era una mujer de armas tomar, directa y refinada para hablar. Ocultaba bajo su mirada un no sé qué, que con sólo mirarte te ponía la piel de gallina. No era de las mujeres más guapas, pero si era atractiva, los ojos la ayudaban mucho a ser una perfecta hechicera y desenvainada mujer.
Ella me trataba de una manera especial y primordial, con ese afecto maternal del cual dejaba en claro mi  carencia de amor. Me sentí tentada y hasta me hice cómplice de un reencuentro que no llevó a nada bueno.
Me hallé rápidamente en el colegio. Hice muy buenos amigos en poco tiempo. Estando en plena clase, Patricia iba a buscarme, sin reparo llegaba a la puerta del salón, pedía permiso al profesor de clases, hasta que me llamaba por mi nombre y apellido. En ese momento, se me estremecía el cuerpo pero a la vez sentía vergüenza. Mis amigas atinaban a mirarme con sorpresa. Me levantaba de la carpeta e iba a su encuentro. Salía del salón, me saludaba sólo para preguntarme como estaba mi papá. Por mi parte le seguía el juego. El juego del cual se convertiría en una complicidad.
Siempre era así. Patricia me buscaba en la hora de clase. Imponía miradas pero también interrogantes. Mis amigas me preguntaban si tenía algo que ver con ella. Creo que ellas eran mas listas que yo. Sospechaban algo más que una simple amistad había ahí. En la hora del recreo, me escondía de ella. Cada vez que la veía de lejos se me paralizaba los sentidos. Parecía un juego del escondite. La buscaba con la mirada para no encontrarla. El corazón me latía más rápido cuando todo estaba despejado. Uf que tranquilidad. Como habían días en que volteaba para ver si estaba despejado, en eso una mano tocaba mi hombro. Al voltear era ella, el corazón dejaba de latir. Me falta el aire. Sentía miedo y a la vez dulzura. Era algo extraño e inexplicable.
Dias después, se me ocurrió la idea de escribirle una carta. Le comenté a mi papá de esto. Él aceptó. Fue mi cómplice. Él agregó algunas palabras, mientras que yo lo escribía en la computadora. Fue una carta muy graciosa. Era evidente quien la escribió era propio de una niña, mas no de un hombre.
Al llegar al colegio la estuve esperando en el pasadizo, donde siempre me encontraría. Al parecer estaba ocupada. Sólo me saludó. La detuve; "Patricia tengo una carta de mi papá para ti". Ella sonrió: "Luego me la das", agregó con una iluminada sonrisa.
En la hora del recreo va en mi búsqueda. Tenía la carta conmigo. Se la entregué. No me dijo nada, dio la media vuelta y se fue al baño. La seguí, y de reojo observé, estaba leyendo la carta con los ojos admirados, algo emocionada. Por mi parte solté una sonrisa traviesa.
Esa carta la mantuvo sedada por unos días. Dejó de buscarme en la hora de clase, (para preguntarme de mi papa). Me di cuenta que eso buscaba muy en el fondo. Estaba queriendo renacer aquel sentimiento que alguna vez hubo entre ambos, fue amor. Andaba ilusionada. Y por lo que poco que supe, su relación con su esposo no andaba por buen camino. Se estaban separando.
Después de la carta que escribí. Hice cuentos en base a su biografía. Cinco eran los capítulos. Reflejaban sarcasmo e ironía. No hacía otra cosa que hablar de ella. Sentía celos. En algún momento la detesté. Quería que fuera y no fuera mi amiga. Quería que se alejara de mi presencia y humillarla con el desprecio.   
Patricia estudiaba en la universidad para ser profesora de inicial. Mi papá y yo la íbamos a buscar a la universidad. Habían días en que la encontrábamos como no. Salíamos los tres a dar vueltas en el carro y conversar un rato. Estando ahí presente, me convertía en cómplice pero también en aceptación hacía ella.
Mi mamá por su parte, intuía, sospechaba y finalmente lo supo. Supo que algo anormal estaba pasando, con su esposo y su hija. Aquel colegio no la estaba llevando por un buen camino sobre todo por la aparición de Patricia.  
Los problemas empezaron. Mi mamá me culpó de traicionera. A ella la detestaba por quererse aprovechar. A mi papá lo juzgó de adulterio y adulterar mi precoz conciencia.
Mi papá le sacó en cara del poco amor que me daba. El entendió sobre mi carencia y necesidad maternal. Mi mamá entendió que no estaba bien. Entendió que estaba dejando de lado a su esposo y a su única hija,  quien estaba pasando por una edad de vaivenes, sólo buscaba reconocimientos y nada más.
Terminé el año académico. Fue el primer y único año que estudié en aquel colegio. Mi mamá fue al colegio a sacar mis papeles para transferirme a otro.
Mi papá, dejó de frecuentar a Patricia. Él ya estaba en otras.
Patricia probablemente lo estaría meditando bien al querer separarse de su esposo. El tiro le salió por la culata.
En el verano y meses de vacaciones, aun seguía pensando en el que será de la vida de Patricia, quería ir a buscarla a la universidad. No me atreví por temor. Temor de ir sola a un lugar alejado y otra, porque se preguntaría que hago acá. Efectivamente, no tenía nada más que hablar con ella. 
La extrañé ese y único verano. Quería que siguiéramos siendo amigas. Pero presumí que ya sabría del problema que se había suscitado. Era mejor no saber de ella, el tiempo nos haría olvidar y enterrar sentimientos. Ella su ilusión y yo mi obsesión.
Han pasado trece años, trece años de edad en que la conocí y no supe más de ella. Destapé un secreto para contarlo pero también para enterrarlo, con el transcurso de los días quedará nuevamente en el olvido.

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