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DE LA MISMA MADERA


Recuerdos de algodón, así lo llamo yo. Aquellos recuerdos de fotos color amarillo-verdoso, recuerdos lindos que ennudecen mi garganta de felicidad. Mi infancia, mi inquietante y sonriente infancia del quien fue fiel testigo, mi papá.

El me llevaba al parque todas las tardes o no cuantas veces a las semanas, pero para mí era todos los días, resbaladeros, sube y baja, columpios y entre otros.

El me llevaba menudas tardes al parquea que yo pueda disfrutar de mi niñez, tal vez yo no lo entendía pero el también disfrutaba viéndome sonreír, jugar con él, tomándome fotos.

El me enseñó a mi temprana edad a subir el resbaladero de dos metros de altura por mí misma, me enseñó a no tener miedo a las alturas, me enseñó a reír de los problemas y sobre todo me dejó constancia que él estaría allí abajo esperándome con los brazos bien abiertos para abrazarme y cuidarme como siempre lo ha hecho.

Me enseño también a montar una bicicleta y manejarla por mí misma, él tuvo un sueño dorado conmigo, quería que fuera ciclista como el, pero no pude cumplir con su anhelado sueño, mis sueños eran otros, pero aprendí y descubrí que gracias a la bicicleta me enseñó con mayor ímpetu a ser independiente y no temerle a la adversidad.

Recuerdo que en cada fiesta infantil que me invitaban, al momento de romper la piñata, no atrapaba muchas cosas, algo desilusionada iba llevando las pocas cosas que había alcanzado atrapar y mi papa me esperaba con una bolsa llena de juguetes y caramelos que él había atrapado con valiosa facilidad, que alegría, mi cara cambiaba de momento a una honorable sonrisa. Y es que así era y sigue siendo mi papa un tipo muy intrépido y hábil, relajado, deportista,  encontrando las soluciones, empeñoso.

Con el paso de los años fui creciendo, y de juguetes, me cambio por consejos, consejos que hasta el día de hoy sigo prestando atención, de algo buen me han servido sus consejos. Siempre me habla con naturalidad y como es la realidad. Es lo que más extraño de el por ahora, aunque estamos algo alejados por la distancia. Sus consejos, las preguntas inocentes, volver a preguntar o preguntar algo es como decirle indirectamente a él, oye esto me está pasando necesito de tu abrazo nuevamente, como cuando me esperabas abajo en el resbaladero.

A veces pienso que hay muchas cosas que dejaron de ser inocentes para ser encerradas en secreto. A veces pienso que me conoce perfectamente que sabe descifrar a vista y paciencia mis pensamientos y desenreda las palabras de mi boca. Somos tan parecidos de eso no hay duda.

Tantas cosas juntos, hemos viajado, tomado fotos, hemos reído a carcajadas, bailado, cuestionándonos de algún reproche innecesario, consejos en vano, consejos precisos, ideas buenas y malas. De jugar a la cocinita a cocinar e invitarte el almuerzo preparado por mí, solo para que sepas y te sientas merecedor que yo ya se cocinar, que cuando probaste el almuerzo me dijiste, te quedo tan bien, ya puedes casarte.

Cuando me enseñaste a manejar el carro en mi precoz adolescencia, para semanas más tarde ser una ladronzuela de tu auto. Sacarlo sin tu permiso, prometiéndote reiteradas veces que esta vez de verdad ya no lo haría, pero era en vano. Salías a buscarme cual llanero solitario por las calles.

En nuestros aventureros viajes, donde siempre te admiraba por tu habilidad profesional, los viajes que me invitabas, y lo disfrutamos juntos cual aventureros. Eso aprendí y me enseñaste.

Ahora ya es tarde, tarde para cambiar la personalidad, si son las actitudes que vi y aprendí, aquellos actos que entendí y pulí por mí misma con el paso de los años y me digo: provienen de ti, somos tan parecidos, tan naturales. Y deseo que  en mi posterior vida quisiera que sigas siendo mi papá.

 

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