Fue un año muy difícil para mí, no podía soportar el cambio brusco de colegio. Ese año pasaba a tercero de secundaria y para mi desgracia terminé el quinto año en dicha institución. Los salones se contemplaban con tal desorden que se confundía con un almacén. Las alumnas con los cabellos alborotados, con las medias anchas y desencajadas, con el uniforme a medio arreglar, ni que decir de los zapatos. No podía soportar tanta estrechez no sólo de las alumnas, sino también de los profesores en general.El primer día de clases me era inútil. Formar filas para cantar el himno nacional en pleno sol infernal, -no sé como pude aguantar tanto-, al terminar de escuchar palabras de la directora y entre otra directiva. Rompimos filas para pasar a nuestros respectivos salones. Para mi suerte encontré a tres compañeras con quienes había estudiado en la primaria; Lorena, Natalia y Joana. Las chicas se emocionaron al verme y creo que yo también, al saber que no estaría tan sola. Lore, con quien más había simpatizado en el antiguo colegio, me dio conversa y me juró que su salón era súper divertido, hasta me rogó que me cambiara de sección para estudiar juntas, pero una de ellas saltó sonrientemente y era Natalia, tan menuda y de pocas palabras, me daba ánimos para cambiarme a su sección ya que habían chicas súper inteligentes, -lo ultimo es lo que me faltaba-, exclamó, Joa, con quien tenía poca conversación, no alcancé a oír su propuesta, a medias entendí que se encontraba en la última sección. Y cual rayo, por un valioso momento me desconecté de ambas, me abrumé y pensé rápidamente que con Natalia, todo lo que me decía se veía bonito, pero no me consideraba suficientemente inteligente como para estar en su grupo, luego pensé en Joa, quien tenía mucho carisma, pero estaba en las ultimas secciones, por lo qué lo relacioné como las chicas más relajadas de todo el colegio, así que me quedé con Lore, con quien había estudiado toda la primaria compartido juegos y paseos y sabía que no me dejaría sola en esto. Cuando iba a tomar una decisión las tres chicas, ya iban a pasar a sus respectivos salones, y me dieron opción a que lo pensara, se despidieron rápidamente. Mientras que yo, seguía al resto de mi fila, tercero A, siempre estuve en la A, y quería estar allí, pero en cuanto entré, y busqué un buen asiento en la parte de atrás, para luego darme cuenta que las chicas o mis compañeras de salón resultarían ser una mezcla niñas soberbias y con aires de capacidad intelectual. Me di cuenta que ese salón no era para mí. O por lo menos no era lo que yo buscaba.
A la hora del recreo, fui a buscar a Lorena, le prometí que mañana estaría estudiando junto con ella, nos alegramos mucho que así fuera.
Para mi desgracia, ese año y los próximos, serían terribles para mí. Ese año, un grupito de chicas muy particular -las más aventajadas- querían hacerme la vida a cuadritos. Acusandome de robo de objetos sin valor ni de importancia. Para mi buena suerte siempre tenía a mis amigas y no era Lorena. -ya que ella me dejó a mi suerte-, era mi nuevo grupo de amigas a quienes yo si le interesaba y me defendían de esas chicas locas y mal intencionadas. Mi buena amiga Milagros, y como su nombre lo dice, siempre aparecía en el momento propicio de cada situación como esas. Una vez que las dejaba sin aire en la boca al resto de las chicas locas, ellas me dejaban en paz. Milagros, siempre me defendia y andaba preocupada por mi, por mis notas, y sobre todo le daba temor de cambiarse de colegio y dejarme a mi suerte, pero le dije que estaría bien, que la iría visitar a su casa. Quedamos en frecuentarnos si en caso ella tuviera que cambiarse de colegio. Lo dejamos ahi. Al finalizar el año nunca supimos si las chicas locas inventaban lo del robo o era verdad. Lo cierto es que ese fue el ultimo año de estudios para Milagros. Se cambió de colegio al año entrante.
Cuarto año de secundaria, mi peor pesadilla, nuevamente levanté mi voz de protesta a mis padres, no quería ir, quería cambiarme de colegio, no quería estudiar como el resto de las chicas que no tenían educación y pasar al horario de la tarde. - porque cuarto año sólo había en la tarde-, y una vez más mi voz y voto se vieron nulos ante tanta presión.
No me fue fácil, pero me adapté y a pesar de mis problemas personales de superación, nuevamente llegaron las acusaciones de robo. Ya no estaba Milagros para defenderme, como siempre lo hacía, estaba vez me encontraba sola y la extrañaba. Esta vez llegó a oídos no sólo de las auxiliares sino de la directora, para esto una de las auxiliares decidieron hacer una votación a las alumnas, de aquellas chicas quienes les parecían sospechosas. Entre seis chicas, estaba yo. Nuevamente al ruedo, y me sentí incomoda, en ese momento se me venían ideas de quienes eran esas chicas que votaron por mi, que equivocadas estaban pensé.
A los dos días, una de mis compañeras alarmó al salón que se habían robado su trabajo. Todas buscamos de mochila en mochila, pero no llegamos a encontrar nada. Una de las auxiliares vino por mí y me llevó a un salón, cerró la puerta y al lado de otra auxiliar, me hicieron pregunta cual detective. Yo me sentí abrumada y descompuesta, lloré y les juré por Dios y por las vírgenes de todas las iglesias y capillas, que yo no había sido, éstas se miraron una a la otra, dudando de mi palabra y me dejaron ir.
Así pasaron dos semanas, y una de mis compañeras de la fila izquierda pasa el alerta del extravío del dinero cobrado para el examen e inmediatamente empezamos a buscar y nos preguntábamos cómo y cuándo. Para mi fortuna yo me encontraba en el recreo y no había entrado para nada al salón. Pero una vez más la auxiliar vino a increparme y nuevamente me sentó en aquella silla de madera con pinta de ser traída del juzgado. Estaba vez me encontraba más segura de mí misma, sin notar nerviosismo y tampoco tendría por qué estarlo, si en verdad era completamente inocente. La auxiliar cansada de recibir las mismas quejas, me habló bonito, quería que confesara la verdad y qué esto quedaría entre nosotras. Pero me defendí, pensé un poco y la miré fijamente a los ojos y le respondí: "Me encantaría decir que yo fui, sólo para que me dejaran tranquila, pero no puedo, la verdad es que a mi no me hace falta nada, no tengo el vicio o manía de robar, y si digo que sí soy, es decir en vano, qué pasaría si la verdadera responsable sigue robando, como quedaría yo". La auxiliar se quedó de una pieza, encontrando el amplio sentido a mis palabras, y una vez más me dejó sin antes, replicar que esto iría a la dirección, y con tanta naturalidad en mi rostro, le di el visto bueno.
Una vez en la dirección con el resto de chicas a quienes también habían sido acusadas, nos defendimos como pudimos, la directora se encontraba estupefacta, la realidad era que no tenía la noción de como manejar dicha situación. Sin embargo, dejó muy en claro que cuando la encuentre la expulsaría y haría que no la recibieran en ningún colegio, añadió buena pizca de miedo.
Y los meses pasaron, y la tranquilidad llegó al salón. Dejaron de perderse objetos y dinero. Terminamos el año escolar y al año entrante y último nos daríamos cuenta de algo muy notorio.
Llegó el quinto y último año de secundaria. Esta vez pretendí comprarme los mejores útiles escolares para dejar en claro, que no me hacía falta nada, y que de una vez por todas alguien estaba acusándome vilmente de ladrona. A mi costado -en carpetas individuales- se sentaba una chica de extraño comportamiento, que el año anterior también estaba en la lista de las mencionadas del robo. Juré desde un principio que ella siempre había sido y que se negaba rotundamente por miedo y entre otras razones.
No recuerdo con exactitud pero creo, que ese año se perdieron objetos como: Lapiceros, correctores, borradores y entre otros. Una vez más cansada de dicho estruendo en el salón, pretendimos poner solución y cuidar bien nuestras cosas. Y así pasaron los meses. Llegó primavera, y como todo los años en el colegio se realiza una gran fiesta, y cada salón lleva sus bocaditos, y diferentes actividades para la primavera.
Esa mañana, gracias a Dios no llevé nada en mi mochila, excepto mis bandejas para guardarlas. Una vez terminada la fiesta, una de mis compañeras da el aviso que se le había extraviado una caja de chocolates, lo había puesto debajo de la mesa, y ya no estaba. La presidenta del salón fue abriendo mochila tras mochila a ver si encontraba algo. Hasta que llegó a la mochila de la anterior mencionada. ¡Sorpresa!, ahí estaba la caja de chocolates. La chica nefasta y de poca cordura, convenció a todas que esa era su caja de chocolates, con la otra compañera empezaron los pleitos, hasta que finalmente confesó que lo hacía simple y llanamente porque sus hermanitos no tenían nada que comer y como alma avergonzada, salió corriendo del salón provocando asombro. Todos estos años me creían que yo había sido, pero equivocadas estaban, cuando su sorpresa fue incapaz de hacer un juicio final. Lo dejamos así, entre nosotras. Terminamos el año escolar, y jamás la hemos vuelto a mencionar, ni recordar el caso más sonado de la historia escolar.
Mientras que yo, lo destapo después de muchos años, he decidido olvidarlo y perdonar aquella penosa injusticia, lo que si puede dar fe, que las personas que menos aparentan serlo, son la más retorcidas.
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