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LA MUJER ENCANTADA

Me encontraba desesperada, necesitaba conversar con alguien, contarle mis cosas, las cosas que me pasaban y no podía desahogar mis penas, no quería una amiga, me era imprudente seguir contándole mis cosas a mamá, no me parecía justo que cargara sus problemas laborales con los míos. Quería que alguien me escuchara, alguien imparcial. Él, ya no se encontraba y en los meses anteriores que lo llamé me brindó un buen consejo y aun así, llevaba su recuerdo clavado como espina en el corazón.
Estando en mi escritorio, entré al Google, busqué ayuda, me arrojó una lista, escogí al azar y preferí que fuera mujer. La llamé del teléfono de la oficina, me contestó con voz pausada, y quedamos en vernos ese mismo día por la noche. 
Llegué a su casa con retraso, pensando en lo mal de la hora. Me recibió una señorita, y me hizo pasar a la sala, me senté mirando alrededor y en un momento dude de estar allí. En ese preciso momento ella sale, con un abrigo rojo y me saluda con un cariñoso abrazo, como si me conociera de años, por lo que no me fue fácil seguir la secuencia de su afecto. Tomamos asiento, y conversamos mucho. Le conté cosas mías. Ella, por lo poco que le pude contar con detalles, me hizo ver una perspectiva diferente a mis ideales, por lo que me convencí de haber llegado donde ella. 
A los días regresé, a seguir contándole mis cosas, echándome a llorar de mis angustias atolondradas. Las veces que iba a su casa, me daban ganas de abrazarla, recostarme en su regazo, que me acariciara la cabeza y comprenda mis penas. Estando, sentada en aquel sillón y ella al frente mio escuchándome sin hacer gesto alguno, imaginaba apoyar mi cabeza en su pecho y llorar cual niña. Buscaba un cobijo humano, consuelo es sus palabras y tal vez ella también lo veía así. Creo que ambas nos dimos cuenta de nuestra soledad.
Había veces que la llamaba desde la oficina, encerrada en el baño, llorando, contándole mis problemas rutinarios. A veces sentía verguenza que me escuchara llorar, o llamarla, ser tan inoportuna, pero ella desde un principio me dio pie para que la llamara y le escribiera sin problemas. 
Muchas veces le escribía desde mi laptop. Esperaba pronta repuesta de ella, actualizaba el correo por varios minutos, hasta que finalmente llegaba su breve respuesta, así de cortante, mujer de pocas lineas, por lo que su brevedad me hacia recordar una vez mas a él. Pensaba un poco, a que se debía tanta diplomacia.
Un día de esos, en que las visitas a su casa se hicieron menos frecuentes, le dejé de escribir, sólo para probarme a mi misma si realmente ella sentía lo mismo que yo. Es decir cariño. Ese día que le dejé de escribir, por la tarde recibo un correo de ella pidiéndome que le mantuviera al corriente de mi vida. Le respondí a secas pero con fiel esperanza que le volvería a escribir en cuanto tenga novedades.
Los meses pasaron, días antes que me vaya de viaje para el día de mi cumpleaños, fui a visitarla para conversar, y contarle de mi próxima aventura. Noté que su ropa había cambiado semanas atrás. No fue como la primera vez que me recibió, apropiada. Esta vez, llevaba una ropa que no tenía acorde ni color, inclusive hubo un momento en que ella se levantó y llegué a verle el calzón desteñido, ancho y envejecido.
Al regreso de mi viaje, tenía un obsequio para ella, era un joyero. Dudé en entregarselo, pero nuevamente pensé en hacer otra de mis tantas pruebas de afecto. La llamé y acordamos vernos días después. Estando en su casa, terminando de conversar, procuré entregarselo con emoción, ella no lo podía creer y se le notó el reflejo de su rostro, no esperaba obsequios desde hace mucho tiempo o tal vez en navidad. Le gustó mucho y mencionó que el color verde -la piedra que llevaba de adorno el joyero- le gustaba, era su favorito.
Y asi fue pasando las semanas, ella quería saber de mí, como yo de ella. Nos buscamos mutuamente por el buscador. Noté que en casi la mayoria de las paginas estaba inscrita, y al ver mis paginas, actualizaba la suya. Pensé que tal vez yo le inspiraba hacer eso. Un día, le escribí al correo, no recuerdo exactamente por qué, pero supongo para contarle más novedades de mi vida, al final del e-mail, le escribo te quiero y punto. No me respondió, y presumí que había cometido una más de mis torpezas. Revisaba día tras día mi correo y no llegaba respuesta alguna, tuve miedo de que algo le hubiera pasado a ella, o tal vez a su mamá o que simplemente se dio cuenta de mi falta de cariño, tuve que calmar mis exagerados pensamientos, saliendo de la oficina decidí llamarla, me saludó con entusiasmo comentandome de la recaida de salud de su mamá. Hasta ahí me sentí más tranquila, sabía que el fin de semana era su cumpleaños, tenía una sorpresa para ella.
Fuí a la florería más cercana y pedí un arreglo floral digno para ella, ese mismo día yo viajaba y procuré que todo salga como planeé. Por la tarde recibo un correo de ella, dandome las gracias por el arreglo floral, no se lo esperaba, le encantaron. Sabía que le gustaría, me invitó a su casa para conversar, agradecí el gesto pero esa noche viajaba, una vez más no le dije que en mi viaje de regreso le traería algo especial, pero quedamos en vernos la proxima semana.
Le di en sus manos una caja de chocolates, le gustó la sorpresa, pero con mirada de tristeza me replica que ya no quería más regalos de mí. Entonces en ese momento me inquieté, por qué ya no quería regalos, acaso le estoy incomodando, acaso está pensando lo peor de mí. Cualquiera que sea sus formas no me parecía justificable su reacción.
Y para hacer mi prueba de amistad, en uno de mis tantos viajes después de muchos meses, le obsequié una taza, la miró y con tono desafiante acentuó que ya no quería más regalos mios. Y supe que ella pasaba por un mal momento, en que todo le hara confuso. No respondí nada. Sólo pensé para mis adentros que esta sería la ultima vez que la vería.
Después de meses que deje en ir a su casa, ella seguía escribiendome con punto amical. Por supuesto decidí cerrarme, y ya no contarle mis cosas. Me invitaba a su casa para una cena, un día fuí y nunca hubo nada. Fue una excusa para verme, y entendí una vez más porque su comportamiento tan afectuoso y desenchufado, no tenía a nadie a su alrededor sólo a su mamá. Nunca conoció el afecto de una verdadera amiga o de una hija, pero aun así estaba dispuesta a enseñarle y resarcirme con ella.
Regresé a su casa con una bolsa de pan, porque me prometió que me invitaría un café. Al parecer ya lo había organizado pero era escaso, entendí una vez más sus problemas económicos, y que tal vez yo era la única paciente después de muchos años que ella dejó de trabajar y la impulse sin querer a que me escribiera, como también cambió una vez más su atuendo, las veces que iba a su casa para conversar y tomar el café, ella se vestía mejor, como si estuviera al lado de alguien importante. También comprendí por que quería que fuera a visitarla, se sentía muy sola y no tenía con quien compartir sus anécdotas y sus albúmnes de fotos. En realidad entendí que era la única que sentía esa extraña soledad. Siempre me he dicho que esa mujer tiene algo, que esconde pero también que encanta y no sé como se llama.



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