Miau, miau, mírame tía Jill, si o no que me parezco a un
minino me dice Rafita de mirada inocente. Le sonrío cruzando las miradas de
complicidad y muy divertida le respondo: “no hay duda que tienes la ñata del
gatito”. Impresionada por mi respuesta va corriendo donde su hermanita y muy
alegre y efusiva casi gritando “tengo la nariz de un gatito, toca”.
Rafaela y Gabriela, son mis sobrinas hijas de mi prima
hermana. Mi cariño y amor hacia ellas es leal y desmedido. Las he visto y las
veo crecer, sé que pronto me alcanzará la nostalgia. Mientras tanto toda
vivencia lo mantengo congelado en una fotografía o video.
Gabriela, la menor de mis sobrinas, es una niña coqueta,
mimosa, llorona cuando quiere, arriesgada, impulsiva, flexible y le gusta
bailar y sobre todo llevarse a la boca las plastilinas cual chicle. Sobre todo
es una bailarina en potencia, ha nacido para el baile. Mientras que su hermana
la mayor, Rafaela, es una niña refugiada de amor y ternura, inocente como ella
misma, quieta, hábil, mantiene el control,
nociva y ocurrente, es directa y mantiene sus respuestas con toda
naturalidad y verdad. Le encanta los chocolates, la tablet, jugar mucho y
reconoce que no es buena bailarina. Ambas son complemento perfecto, ambas
tienen en común el amor por los animales a su manera, no miden su cariño y
afecto de tal manera que terminan lastimando al pobre gatito o perrito y cabe
mencionar que como todo hermano, se lastiman, se abrazan, se besan, se extrañan, y
no pueden estar ningún segundo distanciadas porque se rehúsan rotundamente a
que la tía Jill se las lleve a dormir a su casa.
Ambas parecen dos mininas de pelos erizantes con listones
pomposos que expresan ternura. La primera vez que Gabriela debutó como
bailarina fue a la edad de dos años, trepaba la cómoda de la cuna y con mucha
habilidad y equilibrio comenzaba a dar giros y números bailoteos con pequeños
saltitos -tengo un video donde revela tal baile-, mientras tanto Rafaela
inventa un juego para trepar la refrigeradora y poder coger la lapicera de colores
que su abuela Mirtha decidió colocarlo allí. Mientras que yo, siendo la tía
mimada y consentidora soy la testigo de sus juegos, audaces ellas suben encima
de mí, quieren que las cargue y las pasee en mi espalda. Le doy volantines y
están felices, divertidas, quieren más y yo ya me cansé. No contentas, traen un
estuche de cosméticos y deciden cada quien peinarme y maquillarme a su antojo y
semejanza, lo hacen como quieren y cuando de pronto me doy cuenta Rafaela me
corto un mechón de mi cabello, ella me mira sonriente de tal hazaña y yo la
miro desafiante, responsabilizándome de mi confianza hacia ellas. Rafaela se le
dio por cortarse el cabello sola, primero se cortó una colita de su cabello y
luego trató de hacerse un cerquillo, y ahora terminó cortándole el cabello a la
tía. Durante sus vacaciones de verano, las he estado llamando al teléfono de la
casa, hablaba muy poco con ellas porque me colgaban el teléfono. Una vez
Rafaela me dijo: Tía puedes venir hoy a la casa. No podré hoy pero la próxima
semana iré, sentencié. No demoró mucho en responderme con un shhhhh…. Te estoy
perdiendo, te estoy perdiendo. Me colgó la llamada.
Las veces que han ido a visitarme, son dos torbellinos,
antes que lleguen estoy asegurándome con mis cosas. Había dejado mis pinturas
de óleo sobre la mesa del comedor sin tomarle mucha importancia, no creo que lo
toquen, no creo que nadie sepa que hay allí. –inocente yo- Cuando de pronto Gabriela viene hacia mí y me
pregunta por una hoja de papel, por
supuesto que le di. Al rato la veo pasar con mis pinturas, brochas y la hoja de
papel. La atajo y se molestó, porque termine quitándole mis pinturas. No
satisfecha terminó encontrando un estuche de acuarelas, saliéndose con las
suyas o sea pintar. En sus respectivos cumpleaños ambas hermanas terminan soplando la misma
vela una y otra vez, porque cada una piensa que ese día también es su
cumpleaños, meten el dedo a la crema de chantilly, se emocionan tanto que
terminan apoderándose mutuamente del obsequio, se ponen engreídas, consentidas
de mamá, mimadas por la mí, alegres y especiales, mientras tanto lucho por
peinarlas arreglándoles el moño pero no se dejan son escurridizas, son unas gatitas
trepadoras de cortinas, muebles y espalda, rebusconas de cartera, piratas de
los dulces, de brazos abiertos y bombas de besos.
Mientras tanto sentada y desganada en la oficina recibo un
mensaje de voz es de Rafaela: “tía, puedes venir hoy para jugar porque te
extraño”. Es entonces donde mi energía comienza a cambiar.



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