Hay una realidad que muchas mujeres comenzamos a ver con más claridad, especialmente después de la pandemia: algo ha cambiado profundamente en la manera en que muchos hombres se relacionan. Lo he vivido en carne propia, y hoy quiero reflexionar sobre ello.
Antes de ser madre, antes del caos mundial que nos desubicó a todos, mis experiencias eran distintas. Salía con hombres que eran caballerosos, atentos, presentes. Me invitaban a salir, a comer, a conversar. Jamás me dijeron vamos 50/50. Nunca me pidieron fotos sugestivas, ni hubo exigencias sexuales. Había un respeto tácito. Había, al menos, un intento de cortejo.
Pero ahora, luego de cerrar definitivamente una relación intensa y dolorosa, decidí abrirme al mundo digital, no para encontrar el amor a ciegas, sino para entender e investigar, por mi misma: ¿qué está pasando con los vínculos? ¿Qué se esconde detrás de tanto filtro y ego inflado?, ¿Qué se esconde detrás de una máscara?
Y lo descubrí.
Conocí a varios hombres en ese proceso, y fue revelador.
El primero, me envolvió con un bombardeo de amor. Piropos, atención constante, frases que parecían salidas de un cuento romántico. Pero como todo lo que sube rápido, cayó con igual velocidad. Me dijo, con una sinceridad brutal: “Tú mereces otro tipo de hombre, yo no soy ese. No quiero cambiar y no voy a cambiar.”
Esa frase me dejó pensando. Muchos hombres hoy se aferran a una supuesta autenticidad que en realidad es resistencia al crecimiento. No quieren que se les cuestione, no quieren evolucionar. Quieren ser aceptados “así como son”, aunque eso implique egoísmo, inmadurez o falta de compromiso. Y lo que es peor: esperan que las mujeres cedamos, aguantemos o callemos. Al menos fue sincero y no me hizo caer en falsas expectativas.
Después vino el segundo. Más sobrio al inicio, sin el "show" del enamoramiento. Me saludaba con ternura, preguntaba por mi día. Pero poco a poco comenzó a desaparecer. Quitó el "buenas noches", dejó de estar presente. A la vez, se mostró controlador y manipulador: me pidió que cerrara la app, pero él seguía sin mostrarse disponible. Y como si fuera poco, mintió sobre su vida laboral. ¿Por qué? ¿Para impresionar? ¿Para confundir? ¿Cuál era el trasfondo de todo este circo?
Pero mucho antes de ellos, había uno a quien si conocía, el extremo de la vulgaridad. Directo, sin filtros: solo buscaba lo que todos ya sabemos. ¿En qué momento se volvió normal tratar a una mujer como un objeto de placer inmediato? ¿Dónde quedó la conexión emocional, el respeto por la integridad del otro?
Hoy puedo decirlo con claridad: ya no se puede tolerar ni permitir la mediocridad emocional.
No es que yo sea exigente: es que los vínculos humanos requieren compromiso, entrega, respeto. Lo mínimo. Y eso, tristemente, parece ser demasiado para muchos hombres de esta nueva era que se esconden tras pantallas, frases hechas y disfraces digitales.
Y, sin embargo, hubo un gesto que me marcó. Fue de mi expareja. A pesar de todo lo vivido, celebró conmigo. Compró vino, brindamos. Y eso, aunque no cambia el pasado, muestra que aún hay hombres que no han olvidado su energía masculina real: la que cuida, que sostiene, que celebra lo que una mujer es y construye por si misma.
La gran diferencia hoy es que la mayoría ya no quiere invertir emocionalmente. Quieren atención, validación, fotos, fantasías... pero sin esfuerzo, sin dar más de lo necesario. Como me dijo uno: “yo soy así, y no voy a dar más de lo justo.” Entonces, ¿Qué tipo de vínculo real puede construirse así?
Mostrarme tal como soy, generar conexión desde la autenticidad, compartir lo que me apasiona: escribir, publicar, mi carrera, mi historia, mi vida en fotos, no me hace egocentrica. Me hace transparente, auténtica, real, viva. Y sí, eso puede incomodar a muchos hombres, porque remueve sus propias inseguridades. Un hombre verdaderamente seguro, lejos de sentirse amenazado, debería experimentar orgullo, felicidad y entrega hacia una mujer que brilla por sí misma. Una mujer resiliente, que no compite con nadie, merece ser honrada, acompañada, admirada y abrazada. Ese es el reflejo de un amor maduro y auténtico.
Entonces, el verdadero hombre, acciona, cuida, protege, provee, y no está con ambigüedades; su ego no se ve amenazado por una mujer que lidera, pionera, aventajada, sino al contrario se siente honrado de caminar a su lado, orgulloso de su brillo, creciendo juntos sin competir ni apagar.
Cuanto sufrimiento y resentimiento en tu post. Resulta que ahora los hombres para ser "caballerosos" te tienen que pagar la cuenta y llenar de alagos... por el amor de Diis
ResponderEliminarEs el sistema, y así está escrito en la biblia. El hombre es quien provee y el quien no quiera ser hombre como tal, que se busque su igual.
Eliminar