Me llamo Jill. Hija única de madre y padre, pero criada entre muchas voces.
De niña conviví con una familia entera bajo un mismo techo: mis abuelos, mis tíos —hermanos de mi madre—, y también mis tías, las mujeres de la casa.
Viví entre el equilibrio abrazante de las mujeres y la hostilidad exacerbada de los hombres.
Ellos me jalaban el cabello, las orejas, se llevaban mis cosas; mientras que mi abuela me enseñaba a ordenar, a cuidar.
Mi abuelo era la figura que imponía presencia.
Tenía la voz firme y el andar seguro del que sabe mandar. Siempre lo vi como un ser superior: un hombre de trabajo constante, negociante por instinto, empresario por naturaleza.
Llevaba dinero en los bolsillos, no por ostentación, sino porque entendía que la abundancia debía compartirse. Nunca fue tacaño, nunca severo; era de los que apoyan con las manos abiertas.
Crecí observando.
Entre risas, gritos, sollozos y silencios, aprendí a estudiar los gestos, a medir los tiempos, a esconderme y jugar a solas. Aprendí a sostenerme por mi misma, con mi soledad, cobijada entre sabanas y cortinas.
Crecí como vivir en una escuela militar del alma: aprendí cuándo hablar y cuándo guardar silencio.
Así crecí —mirando y callando—, hasta que con los años comprendí que el silencio también enferma, que callar tanto puede doler en el alma.
Entonces decidí ya no callarme.
Aprendí a decir las cosas como son, a reconocer el momento de hablar y el momento de retirarme.
El silencio, sin saberlo, me había enseñado empatía: a pensar en lo que el otro siente, en lo que no dice.
Y así, entre pausas y palabras, me fui formando.
Tuve carencias, sí, pero hoy las abrazo. Me perdono, porque aquella niña era apenas eso: una niña indefensa que hacía lo que podía, se las ingeniaba con lo que tenía.
Dentro de todo, fui feliz. Dentro de todo, no la pasé tan mal.
Los límites de mi época me enseñaron a valorar, a improvisar, a buscar soluciones.
Gracias a las féminas del hogar aprendí a ser laboriosa; gracias a la disciplina de los hombres, aprendí a ser firme.
Hoy me siento tranquila, en paz. Lo que antes me generaba dolor y tristeza, hoy es un aliciente, un baldazo de agua cuando se necesita levantarse y seguir avanzando.
Agradezco a la vida, por ponerme lecciones y reflexiones. Agradezco a mis abuelos, por cobijarme en las madrugadas en su cama, cada vez que necesita el calor fuerte de ambas almas que yacen en su lecho. Un beso hasta el cielo.
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