Decidí tomar un rumbo distinto.
Después de aquel incendio, que presencie decidi tomar aire después de todo lo que había visto delante mio, ya no habia mas que hacer, ese sentimiento quedó reducido en cenizas.
A los pocos dias descargué una app de citas. No buscaba pareja. Buscaba saber que se siente, que sintió ella, que vio él. De pasada saber qué se sentía volver a conversar con desconocidos después de tantos años. Era más curiosidad que estar solar.
Ademas mi papel de salvadora había quedado completamente quemado.
Ya no había forma de ser la misma de antes.
En una de esas tardes en las que organizaba mis próximas citas laborales, apareció un mensaje en la app. Se llamaba Roberto. Fue cortés, correcto, decía venir de la capital. Le comenté que viajaría en los próximos días y de inmediato propuso vernos. Nuestra comunicación nunca salió de la app; no tenía su número ni él el mío. El supuesto encuentro terminó en nada: quiso que nos viéramos en un punto que me pareció lejano y poco seguro. Dije que no.
En instantes me bloqueó.
Esa experiencia me dejó una primera lección: no bastaba con escribir sino de haber más ganas. Decidí que, al menos, la próxima persona debía dar un paso más: un número, una llamada, algo real.
El siguiente fue Enrique. Veinte años mayor que yo. En fotos parecía mucho más joven. Apenas nos escribimos, pidió mi número y preguntó si podía llamarme. Esa noche hablamos dos horas. Al día siguiente, otras dos más. Era conversador, sociable, accesible. Se sentía como un viejo amigo, de esos a los que se les puede pedir consejo y responden sin rodeos. Eso me gustó.
Pero también noté algo más: le gustaba demasiado su soltería. No tenía esposa ni hijos, prefería mujeres jóvenes, coquetas, de mente abierta. Sus relaciones no duraban. Con él entendí que podía ser un buen consejero, pero no había un lugar más profundo al que llegar.
Hasta que un día hizo un comentario poco maduro. Respondí con distancia. Me bloqueó.
Otra lección quedó clara: ya no bastaba con hablar bien por teléfono. La conexión tenía que estar alineada con mis ideales.
Pasaron algunos días y apareció Lito. Guapo, algunos años mayor que yo. Desde el inicio fue directo. A los pocos días pidió mi número. Me llamó una mañana y conversamos como si nos conociéramos de antes. Lo disfruté. Luego vinieron las videollamadas.
Para mí fue como abrir otro portal.
La conversación fluía con naturalidad. Me llamaba todos los días después del trabajo. No solo escribía: llamaba, miraba, sostenía la presencia. Sentí una energía bonita. Él también me lo hizo saber. Verdad, que así lo sentimos.
Hasta que un día me dijo:
—¿Te parece si en dos horas hacemos videollamada?
Era invierno. El frío había caído. Me acomodé en el sofá y lo esperé.
Las diez. Las once. Nada.
A las doce le escribí un mensaje: se acabó.
Cinco minutos después intentó llamarme. No contesté.
Días más tarde decidí llamarlo. Quería entender qué había pasado, por qué me había dejado esperando de esa forma tan abrupta. Su respuesta fue breve y contundente:
—Yo soy así. Y no voy a cambiar.
Esa frase se me quedó grabada. Entendí que detrás de aquella fachada había una imagen falsa. Me quedé en silencio. Dejé de escribirle.
Poco después apareció Néstor. Se presentó con cuidado. Yo ya estaba a la defensiva. Lito había dejado una estela de emociones confusas que se sumaban a todo lo anterior. Ya dudaba.
Nestor, también escribía todos los días. Prometía mucho. Pero ya no me bastaban las palabras ni las llamadas. Empecé a notar algo con más claridad: no quería solo atención, quería intención. Que alguien se interesara en conocerme de verdad, que le costara un poco.
Así que un día de esos le propuse hacer una videollamada a Néstor. Él accedió. Pero no se sintió igual. Al menos Lito sabía despedirse. Néstor no sabía cerrar una conversación: inventaba excusas, decía que se iba la señal, que lo llamaban… y desaparecía.
Migajas emocionales, pensé.
Una mañana desperté y lo bloqueé. Al día siguiente, por lástima, lo desbloqueé. Me escribió:
—Te extrañé, ¿qué pasó?
No supe si creerle. Dudé. Pero decidí darle otra oportunidad.
Sin querer había desbloqueado algo más profundo...
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