El viaje se acercaba…
Habíamos decidido quedarnos en un hotel un día antes. Esa noche había quedado con Nestor en encontrarnos por primera vez. No lo conocía realmente no del todo lo que generaba en mí una inquietante curiosidad
Esa noche me cambié con prisa. Como si pensar demasiado pudiera hacerme retroceder. Pedí un taxi y salí.
Durante el trayecto, el nerviosismo se filtraba en gestos pequeños: una mirada disimulada al espejo retrovisor, la mano acomodando el cabello, los labios apenas presionados, como queriendo confirmar que todo estaba en su lugar… o tal vez, que yo lo estaba.
El taxi se detuvo.
Bajé.
No lo vi.
Le escribí:
—¿Dónde estás?
La respuesta llegó casi de inmediato:
—Voltea.
Y ahí estaba.
No hubo tiempo para anticipar nada. Nos saludamos con un beso en la mejilla, breve, correcto… pero cargado de una cercanía inesperada. Antes de que pudiera organizar mis pensamientos, me tomó suavemente del brazo.
—Vamos a caminar —dijo.
Y lo seguí.
Descendimos por unas escaleras, los faroles dibujaban las sombras del gentío que caminaba.
Llegamos a un mirador. Nos sentamos.
Él comenzó a hablar. De su vida. De su pasado. De historias que parecían completas y, al mismo tiempo, fragmentarias. Entre verdad y lo oculto. Como quien abre apenas una puerta y observa desde lejos a ver que hay.
Ahí estaba sentada frente a un desconocido, sintiendo una conexión casi imperceptible y por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en el pasado… ni en el futuro. Me sentí plena y segura, solo en ese instante.
Nos levantamos y caminamos sin demasiada dirección hasta un bar cercano. Entramos.
Un sofá amplio, cómodo, nos recibió como si hubiera estado esperándonos. Nos sentamos. Pedimos algo para beber.
Las palabras comenzaron a fluir con una naturalidad, que me senti en confianza. Eso pensé.
Y entonces ocurrió. Sin anuncio, sin preparación...Se acercó… y me besó.
No hubo espacio para el pensamiento, solo para la respuesta. Y yo… correspondí.
No fue un gesto arrebatado. Fue una decisión sin palabras.
Al salir, algo había cambiado. Caminamos juntos, mi brazo apoyado sobre el suyo, como si esa cercanía ya nos perteneciera desde antes.
Hasta que la noche nos llevó de regreso a lo inevitable: la despedida. Una avenida amplia, las luces, el silencio de la noche y algunas personas caminando durante la madrugada.
Me abrazó.
—No te vayas.
Y dentro de mí, una voz serena respondió:
Es muy pronto.
Todo era intenso. Demasiado inmediato. Y, sin embargo, ahí estaba intentado creer lo que pasó.
Entonces lo entendí: me había olvidado de cómo se sentía esto. Una travesura.
—Voy a ir a buscarte —dijo.
Subí al taxi. Y me fui.
A la mañana siguiente, en la sala de embarque, el recuerdo regresó con una nitidez inesperada.
El mirador, la conversación, el beso, el interminable abrazo.
Intentaba reconstruirlo todo, como si al hacerlo pudiera comprenderlo mejor. Ese beso había sido cálido… natural… profundamente presente.
Y mientras me perdía en esos pensamientos, sentí una mirada.
De reojo, intensa e inexplicable. No pregunté. No insistí. Lo dejé pasar hasta que abordamos.
El trayecto estuvo cargado de una incomodidad silenciosa. Algo en él había cambiado. O quizás algo en mí ya no estaba dispuesto a ignorar.
Al llegar al hotel, la escena fue otra.
Las maletas, la habitación compartida… con camas separadas. La distancia instalada sin nombrarse.
Y entonces, el quiebre llegó.
Un golpe seco contra la mesa de noche.
—Estoy muy molesto contigo —dijo.
La razón apareció de inmediato: había visto, sin permiso, una imagen en mi tablet.
Una invasión, un límite cruzado.... !no puede ser!.
—¿Quién te dio derecho a revisar mis cosas personales? —respondí, con una calma que no sabía que tenía.
—Te fuiste a ver con él, ¿verdad?
Y esta vez no dudé.
—No es de tu incumbencia.
No éramos nada. Y, sin embargo, su reacción exigía todo.
Ahí, en ese preciso instante, algo dentro de mí se ordenó.
Elegí el silencio. Me refugié en la rutina mínima de un baño, como quien necesita ordenar emociones.
Y en los días que siguieron… todo se volvió evidente.
Lo que debía ser un viaje de ilusión se transformó en un viaje de revelación.
Ya no había espacio para lo ambiguo.
Ya no había voluntad para sostener lo que dolía en silencio.
Entonces decidí.
Sin conocer del todo a Nestor decidí que al regresar lo vería.
Esta vez sin miedo.
Sin culpa.
Sin la necesidad de justificar mi deseo de vivir.
No habría duelo.
No otra vez.
Habían sido demasiados años de una soledad.
Y esta vez… me elegí.
Estando en el aeropuerto para luego regresar. Sucedieron cosas. Se perdio mi pasaporte, lo que me limitaba a abordar.
Él partió en el primer vuelo de la mañana.
Yo en otro… después de una horas de trámite.
Por cosas de la vida, ambos tomamos vuelos distintos. Lo que me hizo pensar en el destino o coincidencia.
Lo cierto es que fue una sabia decisión.
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