Después del viaje, cada uno tomó un taxi y regresó a su propio mundo.
La despedida fue breve. Sin escenas de película. Pero mientras avanzaba hacia casa, no pude evitar preguntarme qué habría pasado si las cosas hubieran sido distintas.
¿Qué habría ocurrido si el vuelo no se hubiera cancelado?
¿Qué habría pasado si nos hubiéramos quedado juntos en aquel departamento alquilado?
La pregunta me acompañó durante días.
Aparecía mientras trabajaba, mientras tomaba un café, mientras intentaba convencerme de que todo aquello no tenía importancia.
Pero la tenía. Porque por primera vez en mucho tiempo no me encontraba pensando en alguien como un ser extraño, sino a alguien quien ya conocía. Y eso era diferente, muy diferente... había un gusto, una atracción, la cita a ciegas pasó a ser algo real.
Finalmente decidí escribirle.
No para alimentar una ilusión. Necesitaba saber si aquello que había sentido existía también para él.
Le envié un mensaje. Le conté que la semana siguiente volvería a viajar y le pregunté, sin rodeos, si realmente tenía intención de verme.
Su respuesta llegó rápido. - Sí -
Por supuesto que quería verme. Estaría encantado, me dijo en su siguiente mensaje.
Recuerdo haber leído aquellas palabras varias veces. Y entonces ocurrió algo dentro de mí.
Algo silencioso. Algo que venía gestándose desde hacía años. Me miré al espejo y pensé:
No guardo luto.
No voy a seguir esperando que termine algo que hace mucho terminó. No voy a pedir permiso para volver a sentir.
Y entonces tomé la decisión. La decisión de abrir una puerta hacia el otro lado.
Él estaba allí, esperándome en una esquina de una plaza solitaria, en un oasis de destellos que desafiaba la absoluta oscuridad de la noche.
Guardé esa imagen en mi mente. Cada paso, era un eslabón roto, un paso firme hacia mi liberación.
Un avance asombroso que me devolvía la oportunidad, con la certeza bendita de que esta vez... todo era diferente.
Nos abrazamos, me dio dos besos en ambas mejillas, caminamos juntos, recuerdo que me jalo hacia un lado y me besó, nos abrazamos como si fueramos dos adolescentes. Sugirió un lugar donde ir a cenar, lo noté nervioso. Como si hubiera ensayado muchas veces aquel encuentro y al llegar el momento hubiera olvidado sus líneas.
Las conversaciones eran muy puntuales, y hasta repetitivas, definitivamente era la primera vez que conversaba con un hombre que tenía un enfoque distinto de la vida, algo raro, y aun así había algo que nos mantenía allí, y ninguno de los dos lo quería nombrar.
Cuando terminamos de cenar, caminamos por esas calles empedradas atrapadas entre la nostalgia y el romanticismo, lo cierto es que no hubo esa entrega como al inicio, lo vi disperso, algo pensaba, se demoró en decidirse, finalmente tomó mi mano y nos dirigimos al hotel.
Él lo había reservado con bastante anticipación. Eso me sorprendió. Porque detrás de sus gestos desordenados había una parte de él que parecía planificarlo todo.
Al entrar a la habitación volvió a aparecer su nerviosismo. Buscaba el control remoto. Intentaba encender el televisor, quería encontrar algún canal deportivo. Algo que le permitiera distraerse de sí mismo.
Yo aproveché para entrar al baño. Necesitaba verme, necesitaba encontrarme.
Me observé unos segundos frente al espejo.
—Tranquila —me dije. Comencé a arreglar mi cabello, —Esta bien así —dije dentro de mí.
Cuando salí, él seguía concentrado en la televisión. Me acerqué al velador acomodando algunas cosas.
Entonces se giró. Y ocurrió algo que aún hoy recuerdo con claridad. Abrió los ojos sorprendido como si acabara de recordar que yo estaba allí. Como si de pronto la realidad lo hubiera alcanzado.
Dio un brinco y vino hacia mí. Me sostuvo con ambas manos mi rostro y me besó. Y en aquel instante dejé de resistirme.
Porque durante años había vivido protegiéndome. Midiendo mis emociones, controlando mis impulsos.
Pero esa noche dejé caer las defensas. Por primera vez en mucho tiempo no estaba a la expectativa, no estaba intentando adivinar el futuro. Simplemente estaba viviendo.
Y entre sus brazos sentí algo que creía perdido. La sensación de ser deseada, de ser mirada. No era amor. Era algo más simple y quizá por eso más poderoso.
Era la certeza de seguir viva. Y así me sentí.
A la mañana siguiente desperté sola.
Él había ido a trabajar.
La habitación permanecía en silencio. Las cortinas apenas dejaban entrar la luz.
Y mientras observaba aquel espacio, pensé en todo lo que había ocurrido para llegar hasta allí.
Sin embargo, bastó entrar al baño para que la magia comenzara a resquebrajarse.
Faltaban cosas. Las más básicas, de hecho las más necesarias. Y no es necesario enumerarlas.
Me quedé inmóvil. Sorprendida y confundida al mismo tiempo. Intentando visualizar que pasó aquí y
finalmente llegó la decepción.
No podía creerlo. Fue entonces cuando apareció una comparación que no había invitado, tampoco la vi venir. Una sonrisa esbozó de mi rostro, recordando otros viajes, otras facetas, otras personas, otros cuidados. Y comprendí que hay detalles pequeños que son reveladores.
Aquella mañana me di un frentazo. Ya había notado ciertas extrañezas en él, y hasta pensé, que detrás de aquel hombre había otro.
Aquella mañana regresé a casa con una sensación extraña. No era tristeza, tampoco felicidad.
Era algo más difícil de explicar...
Pero la intuición tiene una forma curiosa de manifestarse.
Y entonces fue él quien vino a verme. Había reservado un bungalow, el lugar era agradable. Había una piscina rodeada de vegetación y un ambiente tranquilo que invitaba a olvidar el paso del tiempo.
Entre risas, conversaciones y chapoteos en el agua, intenté reencontrarme con el hombre que había conocido aquella primera noche.
Pero algo sucedía, no estaba muy claro, algo había en su personalidad, o tal vez era yo la que estaba imaginando cosas, aunque recordando lo que hizo semanas atrás, tal vez este en lo cierto.
Lo observaba mientras hablaba. Definitivamente, su atención no era para mi. Aquel hombre no parecía ilusionado, ni enamorado. Ni siquiera interesado en construir una relación de pareja. Parecía vivir en su propia burbuja, extraído en si mismo.
Habían minúsculos detalles. Insignificantes diría yo pero reveladores para mí. Observé cómo evitaba compartir su día a día o me hacia muchas preguntas, pero no expresa emoción como algo genuino, todo era un constante control.
Cuando le hacía una pregunta concreta, expresaba malestar y evasión al mismo tiempo.... dejaba una sensación de un espacio vacio.
Y cuanto más hablaba, más contradicciones encontraba. Había historias que no terminaban de encajar. Versiones distintas, como si no fuera del todo verdad. Yo escuchaba, sin interrumpir, sin discutir. Mientras el seguía hablando de su vida, simplemente iba observando.
Al rato, me dice: ¡Vamos!...
Habíamos quedado en ir a un bar cercano, entramos, estuvimos a un lado parados, el pidió unas cervezas. Pero no vi en ningún momento la emoción como la primera vez que nos conocimos. Lo noté disperso, viendo de un lado a otro, viendo otros cuerpos. Algo pasó, o es que está con alguien más pensé. Me sentí ajena y desilusionada. Decidí mejor salir, mejor retirarme, no me sentía cómoda. No hubo gritos, no hubo reproches. Solo una sensación extraña creciendo dentro de mí. Él salió detrás de mí. Mientras yo aceleraba el paso. Llegue al hospedaje y decidí sacar mis cosas. Él llegó detrás mío.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Lo observé unos segundos antes de responder.
—¿Qué pasó con el feeling?
Su expresión cambió. Parecía no entender lo que estaba diciendo.
—¿Cuál feeling? —preguntó.
Aquellas palabras me sorprendieron más de lo que esperaba.
—¿Cómo que cuál feeling? El sentimiento... la conexión...
Se quedó pensativo unos segundos, como si buscara la respuesta correcta.
Y entonces dijo:
—Ah... ¿es porque no te besé?
Recuerdo haberme quedado inmóvil, boquiabierta. - dio en el clavo- y ahí lo entendí todo. Él y yo eramos dos emociones distintas Sin embargo, cuando ya estaba decidida a irme, me pidió que nos sentáramos a conversar.
Lo escuché.Y poco a poco, entre palabras, silencios, explicaciones torpes y algunas caricias, terminé quedándome.
Al día siguiente despertamos más tranquilos. Fuimos a almorzar. Su trato volvió a ser amable, atento, cálido.
Era como si el hombre que había conocido meses atrás hubiera regresado de pronto.
Esa misma tarde se fue. La despedida fue rápida y desconectada de su parte.
Me quedé con más preguntas que respuestas. Y otra vez me encontré confundida, pensando con que clase de hombre estoy saliendo, o mejor dicho ¿quién era él?.
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